Cemento y nieve, abatida.

Corría descalza, la nieve quemaba en mis pies. Lloraba, huía despavorida de algo, aun sin saber bien de qué. Sabía, de alguna manera, que no debía parar. Así pasaron los minutos, pero la sensación de angustia no cesaba. A medida que iba avanzando, la nieve iba desapareciendo. Comencé a pisar cemento, aún más hiriente en mis pies.  No miraba a mi alrededor, en realidad, apenas podía ver nada. Sólo mis pasos y mi angustia.
Y me desplomé. Caí de bruces contra el suelo, al tiempo que mis ojos se desbordaban, nublando todo aún más. Sabía que no había tiempo para el descanso, que no debía cesar en mi huída. Pero mi cuerpo no respondía. Intenté levantarme, turbada, impaciente, sin obtener respuesta alguna.
Me había alcanzado. Cerré los ojos, abatida, y me limité a sentir su peso sobre mi espalda, su asfixiante calor, que extinguía el oxígeno allí donde iba. Una vez más, me había alcanzado.
Le dediqué una mirada esquiva, suficiente para apreciar que estaba allí. Mi reflejo, delatando una mirada febril y desalentada, vacía, escalofriante. Había vuelto a alcanzarme.
Hice un último acopio de fuerzas para lanzar el más sombrío grito de socorro.
Fue un grito ahogado, apenas audible fuera del cuarto. Mis dedos se aferraban a las sábanas, tensos, mientras mis lágrimas empapaban la almohada. Ajena al reloj, me alejé del campo de batalla y salí a la calle. Dejando que el frío viento arrastrara los despojos de mis últimos pensamientos. Otra noche más, intenté no ser consciente de mi nuevo destino: huir del reflejo. Gritos ahogados. Cemento y nieve. Desolador.
-Murder-