Madness...

Una lágrima resbalaba por la mejilla de la mujer. Tras ella, podía verse todo, en una vista perfecta, casi como si fuera un cuadro que se ha estudiado durante años. La luz, el color de las hojas de los árboles, todo era perfecto. Y ella, ella era una de esas mujeres con las que nadie se atreve ni si quiera a soñar. Era un día precioso. 
  
El viento movía su larga melena oscura, haciéndola parecer libre. Tras ella, todo seguía igual. Una batalla se estaba librando en medio del campo, los ojos de los caballeros medievales tenían un brillo que limitaba el de las espadas, y hasta ella llegaba la esencia de sus ideales. De sus promesas. Podía sentir el sonido de los cascos de los caballos hundiéndose en la tierra, las hojas cayendo de los árboles, el agua del río rozando las piedras. Podía oír a unos amantes prometerse amor eterno en secreto, susurrándolo muy despacio, y a caballeros traicionar a sus semejantes, lanzando miradas esquivas al contrario y pestañeando demasiado rápido. 
  
Aquel día, todo parecía llegar amplificado a sus oídos, acelerando su corazón, mientras voces aullaban en su cabeza, demasiado rápido y pisándose unas a otras. 
  
Una fuerte ráfaga de viento quebró la rama de un árbol, que cayó al suelo rompiendo la aparente armonía del momento, y un rallo de sol se filtró entre el hueco que esta había dejado. La mujer cerró los ojos para protegerlos de la luz, y su rostro se vio marcado por unas profundas arrugas que rompían su belleza. La luz dejó ver, entre el largo corte de su vestido, varias cicatrices plateadas surcando su espalda. Todas parecían curadas, incluso bellas, con un brillo mágico. Todas, menos una.
  
Cuando comenzó a andar, sus pies descalzos hicieron crujir las hojas del suelo. Dejando a sus espaldas el mundo que ella amaba, se adentró en un camino oscuro, en el que las ramas impedían cualquier paso de la luz del sol, y sus cicatrices dejaban de ser bellas, para ser simples marcas. La tela de su vestido se enganchaba en los espinos, y ese sonido comenzó a sustituir al silencio, adentrándose dolorosamente en sus oídos, cada vez con más fuerza…
Hasta que no pudo distinguir ni si quiera el sonido de sus pasos. Tan solo la tela, rasgándose…
  
Madness…